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lunes, 11 de junio de 2007

VII AULA DE POESÍA: Presentación de Aurora Luque. OLULA DEL RÍO, 08/06/2007.


Buenas tardes.

Cuando, hace ya siete años, celebramos por primera vez una conferencia a cargo del poeta Luis Muñoz, vislumbramos la posibilidad de organizarla periódicamente con la colaboración inestimable del Ministerio de Cultura y su programa “Encuentros literarios” y, por supuesto, con el trabajo del profesorado que ha contribuido decididamente a su desarrollo y de la dirección del Centro que siempre vio en ello la posibilidad de que todos pudiéramos apreciar que la cultura no acaba en las aulas ni en los programaciones de contenidos.

Lo cierto es que desde entonces, hemos intentado acercarnos al terreno poco transitado de la poesía con el ánimo de saber transmitir  -aunque la realidad se empeñe tercamente en demostrarnos lo contrario- la importancia de la poesía, sobre todo en épocas de lugares comunes, de modas que inexorablemente reivindican espacios globalizados y minan la conciencia individual de las personas.

Frente a ello, la poesía puede ser un buen remedio. Esa frase, que desde algunas instancias se repite hoy, puede no estar exenta de verdad, “corren buenos tiempos para la poesía”.

Allá donde haya que reivindicar, que denunciar, que reclamar o, simplemente, que expresar, que compartir, que dialogar, la poesía ha encontrado su espacio. Su función social es innegable, aunque en épocas de bonanza su onda expansiva sea muy limitada.

Soy consciente de que la poesía no es la sintonía de vuestros MP3, ni el texto de vuestros mensajes SMS, ni siquiera la lectura preferencial que ávidamente buscáis en los abigarrados estantes de las librerías. Es difícil precisar por qué una persona acaba con un libro de poemas en las manos y cómo éste se convierte en una lectura que engancha. Yo, que tuve la inmensa suerte de que mi abuela vendiera, en una de las pocas tiendas que por entonces había en Olula, a finales de los años setenta, desde colonia hasta helados, fajas casi ortopédicas, mariposas para las peticiones más desesperadas, carteras, y, por supuesto, periódicos, revistas, enciclopedias por fascículos, novelas de Marcial Lafuente Estefanía, fotonovelas de Corín Tellado, los clásicos juveniles de Bruguera...; yo que tuve esa inmensa suerte, repito, encontré el terreno propicio para entregarme a la lectura.

Antes las alternativas de ocio eran francamente más limitadas, en un pueblo como Olula, un pueblo de pequeñas industrias familiares, o jugabas en las calles o, jugabas. Sin embargo los medios días en verano, con cuarenta grados a la sombra, invitaban forzosamente a la siesta en camas turcas y a mí no me gustaba dormir. Así que, como bálsamo a mi desesperación, me entregué a la lectura. Era la única forma de franquear aquellas cuatro paredes en penumbra en una época en que hasta los conejos se morían víctimas de secretos golpes de calor que atormentaban sigilosamente nuestras conversaciones: Dicen que a fulanito se le han muerto los conejos, el otro día salí y el calor me dio un bofetón y entré de nuevo corriendo en casa como alma que se lleva el diablo.

De alguna manera había que asumir que salir a determinadas horas en verano constituía una empresa muy arriesgada; desde entonces los libros y el desván de la casa de mi abuela, más conocida como “donde para la Alsina”, se convirtieron en mis aficiones favoritas en aquellos interminables veranos de camisetas de tirantas, pantalones cortos y sandalias de goma. Aparte por supuesto de las peligrosas escapadas a la Piedra Ver de Olula, a la Boca del Lobo, a la Cerrá o al Cerro Peloto o de ir a nadar a los balsones, si los había, de la Cueva de la Virgen.

Todo lo que llegaba a mis manos lo leía con gran entusiasmo. Desde Julio Verne o Mark Twain hasta las novelas de pistoleros. Yo, allí sólo, con el viento arrastrando las bojas, silbando la música de Ennio Morricone, a la espera de un duelo sin precedentes con un peligroso forajido; yo allí solo, con el corazón acelerado por la emoción, precipitándome nerviosamente por los renglones de una novela hasta desembocar en una escena en que los protagonistas, después de pasar por mil avatares, se funden en un profundo e interminable beso, que constituía el triunfo del deseo y la derrota de la censura más implacable; yo allí solo, instalado en un mundo que en buena parte me enseñó a vivir cómo otros vivían entregados al amor, a la pasión o al peligro en pos de la justicia y la libertad.

Sin duda, fueron buenos compañeros de viaje y juntos conquistamos innumerables batallas en buena lid.

He de confesar que en mi familia yo tenía fama de lo que por aquí llamamos “ser registraor”, a saber, persona con gran curiosidad que hurga en cajones en busca de objetos supuestamente fascinantes, y digo supuestamente, porque esa presunta fascinación sólo la sentimos quienes nos dedicamos a estos menesteres tan poco valorados. Pues bien, para no desmentir esa costumbre heredada, un día en el fondo del polvoriento cajón de un arca destartalada –como queriendo ser ocultados– encontré dos libros viejos, aunque con la dignidad de lo antiguo. Nerviosamente los abrí. Uno de ellos era la segunda edición del Poema de Mío Cid, editada en la revista de Occidente por Pedro Salinas en 1934 y otro, una antología de poemas, concretamente de canciones y romances tradicionales. Dos libros que contaban con un sello que por entonces para mí fue incomprensible y que me llevó a preguntarle a mi abuela y por respuesta tuve el silencio, antes había mucho silencio. Ahora sé que ambos formaron parte del legado impagable de las Misiones Pedagógicas.

Aquellos dos libros, que celosamente mantenía ocultos en ese misterioso cajón que yo solo conocía, a partir de ese momento se convirtieron en la alternativa perfecta a la siesta por prescripción facultativa. Doña Alda y su sueño premonitorio o el Cid, que en buena hora ciñó espada, comenzaron a conformar mi vida de tal manera que ahora tengo la certeza, pasados los años, de que en gran medida soy lo que soy por lo que he leído, o al menos de que estas y otras lecturas que se fueron añadiendo con el paso del tiempo, han moldeado mi carácter y me han prestado algunas de las ideas que configuran mi ideario personal.

Vuelvo a insistir, yo no sé por qué un niño o una niña acaban con un libro de poemas en las manos. Yo sólo puedo contaros que yo fui uno de ellos y como yo, otros muchos. Lo cierto, es que algunos de esos niños, por la devoción que sentimos por la poesía, año tras año nos reunimos en este salón de actos e invitamos gustosamente a escritores que sintieron posiblemente una pasión similar. Si no fuera así, seguramente estaríamos en casa echando una buena siesta. Eso sí desde que se inventaron los aires acondicionados, creo que ya no se mueren los conejos.

Hoy contamos en esta séptima edición del Aula de Poesía con la impagable presencia de Aurora Luque. Sin duda, una de las representantes de la poesía actual mejor valoradas por la crítica y el público.

¡BIENVENIDA!

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