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viernes, 22 de junio de 2001

II AULA DE POESÍA: Presentación de Luis García Montero, 3 de abril de 2001.


Antes de nada quisiera agradecerle en nombre del Centro a Luis García Montero el que haya aceptado gustosamente nuestra invitación.

Así mismo, me vais a permitir que intente trazar una breve semblanza de Luis.

Mi primer recuerdo de Luis, aunque el recuerdo sea una forma de la imaginación, se remonta a 1983, año en que comencé la carrera de filología. Fue un año difícil, es complicado para un joven de pueblo -antes quizás lo era más- abandonar la geografía de lo cotidiano, de la costumbre heredada... y sumergirse en la soledad de lo desconocido, en la vorágine de las ciudades. Desde ese momento la nostalgia penetra en casa y se instala como una inquilina casi siempre demasiado incómoda.
Recuerdo todavía la sensación de ser alumno de 1er curso, una sensación indefinida, mezcla de miedo y nerviosismo. No en vano, éramos “borregos” según el particular entender de los alumnos de los cursos superiores. De igual modo, recuerdo el día que Luis entró por la puerta del aula. Era el tercer profesor que teníamos en el primer trimestre en Literatura española. Al verlo pensé inmediatamente que se trataba de una borregada de los alumnos de quinto. Era demasiado joven para ser profesor. No obstante, la prudencia nos conminó a sentarnos, a abrir los cuadernos de apuntes interrumpidos y a esperar más de lo mismo. Lo mismo se limitaba a un nuevo resumen del Manual de Literatura Española de Juan Luis Alborg. Sin embargo, Luis nos sorprendió y hasta nos desconcertó. Según él la casa de la literatura estaba demasiado en orden, el polvo cuidadosamente limpiado. La crítica literaria hasta el momento se había comportado como una modélica ama de casa tradicional: ofreciendo un panorama de falsa pulcritud, sin fisuras, académicamente muerto. Tanta perfección en el lugar de los hechos invitaba a pensar en un crimen antes que en una muerte natural. La investigación posterior al suceso se encaminó a buscar los consiguientes cómplices. Lo importante era investigar el pasado y no descargar en la investigación nuestros valores del presente. Sólo así podríamos obtener una información verosímil de lo acontecido. Había que dudar de lo demasiado evidente, sólo desde la duda y el cuestionamiento podrían surgir certezas. En un toque más de efecto, Luis afirmó para nuestra sorpresa que la literatura no había existido siempre... Al menos, tal y como nosotros entendíamos el concepto de literatura.

Desde entonces las clases de Luis se convirtieron en una invitación a la asistencia, en una apuesta por la reflexión, en un intento permanente por tener conciencia exacta del proceso creativo en cuanto proceso ideológico, sociológico y económico. Eso sí, siendo siempre muy conscientes de lo peligrosas que pueden llegar a ser las certezas.

Luis era poeta y, sin duda, en la inflexión amable de su voz y en la utilización sorprendente de las imágenes se le notaba. E, incluso, en su aspecto, en palabras de Rafael Alberti: “tan desasido, tan de pronto alejado, distraído..., bajando de sus concretas musarañas a la realidad inquietante de sus discípulos, que lo andarán contemplando como a un ser caído de una rama...” No le faltaba razón a Rafael Alberti.

También recuerdo el día que compré El jardín extranjero, premio Adonáis de 1982. Creo recordar que me costó 300 pesetas, lo que me obligó a recortarme considerablemente en mis gastos de todo el mes. Valió la pena. Su lectura fue el desencadenante de auténtica pasión por la poesía.

Ha pasado el tiempo, Luis se ha consagrado como poeta, no sin tener que salvar innumerables escollos. La fama tiene un precio. El curso académico 1983-84 queda lejos. Afortunadamente sus libros de poesía y ensayo han ido apareciendo periódicamente y su lectura ha sido igual de reconfortante. Además, desde febrero de 1995, ha venido publicando en el suplemento de Andalucía de El País una columna con un estilo inconfundible. Ya lo decía Juan Carlos Rodríguez: “Luis es un magnífico poeta que escribe de otra manera”.

La lectura semanal de sus columnas periodísticas -un verdadero ejercicio disciplinado y rutinario de escritura, que le ha posibilitado desacralizar el oficio de poeta y enfrentarse desde su propia subjetividad a los acontecimientos sociales del presente- me ha permitido desde la lejanía seguir su trayectoria; aprender de sus recuerdos; compartir sus dudas; contemplar el paso de las estaciones del año; conocer sus lecturas; tomarle el pulso a una ciudad viva, cambiante, que crece sobre las cenizas de otras ciudades sumergidas...

En definitiva, su poesía y sus columnas literarias han constituido desde la soledad de quien toma conciencia una permanente invitación a la compañía.

Gracias, Luis.

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