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domingo, 2 de abril de 2000

NACE EL AULA DE POESÍA. CURSO 2000-01

Aunque a veces da la sensación de que hay cosas que nacen por generación espontánea, lo cierto es que detrás de todo lo que hacemos, se agolpan una larga serie de causas y consecuencias que sumadas posibilitan dicho nacimiento: “UNA COSA QUE LLEVA A OTRA”. Lo primero, por encima de todo, es el amor que algunos profesores sentimos por la poesía, una inclinación que, sin duda, fue fraguándose gracias a hechos tan azarosos como tener a un compañero que escribe versos y que poco a poco va adquiriendo notoriedad y que un profesor en la Facultad sea poeta y premio Adonáis y que llegue a tus manos su poemario y éste se convierta en la llave maestra que invita a abrir todos los libros, todos los poemas, en una ciudad poblada de semáforos y calles desiertas y trasnochadas, sumergida en un sueño que se prolonga demasiado tiempo.


Luego, vendrían, casi por sorpresa otros poetas y otros poemas, y algunos dejarían un huella imborrable, como los dramáticos poemas de Javier Egea: algarabía en los pasillos de la Facultad, el salón de actos lleno hasta la bandera, poetas de renombre que recitan y el corazón que se te encoge:

Extraño tanto mar, raro este cielo
desgranado de luz sobre la Isleta,
ajeno a este naufragio que se crece en la orilla…
en cabos,
jarcias,
mástiles,
jirones de velámenes,
armaduras y redes
que simulan encaje en la escollera,
duelas con algas,
pequeñas almadías despobladas
sobre la espalda azul de exterminio,
raro este cielo para ser de Mayo,
ajeno a este dolor de siglos en la playa.
Tanto mar y de golpe,
tanta historia y vencida,
ya corazón mojado sobre el abra,
ya mensaje dormido, preterido,
en la Bahía de los Genoveses.

Javier Egea, Álvaro Salvador, Antonio Jiménez Millán, Gil de Biedma, Ángel González, Juan Ramón, Machado, Valente, José Hierro, Celaya, León Felipe, Miguel Hernández… Poetas que en la soledad del estudiante que se encierra en una habitación atestada de muebles caducos y un frío que atenaza los músculos, han sabido ser una compañía casi familiar -a veces cálida, otras desasosegante- en las noches de estudio y café:

Por eso he de decirte -aunque sea por escrito-
que está la casa abierta para ti,
que te esperan los libros, el té, mi soledad,
las dudas de las tardes de domingo,
la pequeña verdad
que no se tiene en pie sin tus palabras.

En cualquier caso, estoy seguro de que lo que hoy soy, en parte se lo debo a lo que he leído, a los poetas que me empujaron a tomar conciencia y me mostraron el camino poco transitado de la reflexión.

Así pues, la idea del Aula de poesía es fruto de todos esos hechos que se fueron concatenando de manera azarosa y que fueron conformando mi personalidad. Lo demás viene por sí solo: no se sabe si para bien o para mal, lo cierto es que las personas tendemos a proyectar sobre los demás nuestras aficiones y los consideramos una especie de alter ego. De ahí que en un acto casi clarividente formulara siguiendo los principios más estrictos de la lógica filosófica el siguiente silogismo: “Yo soy un ser humano”, “a mí me gusta la poesía”,  “a todos los seres humanos les gusta la poesía”. Sin duda, había incurrido en el error de considerar que lo que nos ha servido a nosotros tiene por fuerza que ser útil a los demás. La lógica es una disciplina necesaria en la vida, pero requiere premisas lógicamente verdaderas: a todos los seres humanos no les gusta la poesía y menos leerla, sobre todo, leerla. Pero, ahí surgió la sorpresa, a muchos seres humanos, y entre ellos estaba gran parte de mis alumnos, les encanta escuchar poesía y la explicación de los poemas.

Y fue éste el descubrimiento que precisamente nos llevó a plantearnos el Aula de Poesía como un acto que merecía la pena. La oferta era muy interesante: entretenimiento casi garantizado, cierta dosis de diversión, un cóctel de utopía, conciencia cívica, compromiso, rebeldía casi adolescente y pasiones contenidas y conocer a poetas de reconocido prestigio.

Del dicho al hecho…

El día 31 de marzo del 2000 -tempus fugit- tuvo lugar en el Salón de Actos del Instituto Viejo la primera lectura de poemas del Aula de Poesía del Instituto Rosa Navarro, a cargo de un poeta, antiguo compañero que escribía versos y cuya poesía fue adquiriendo notoriedad, Luis Muñoz.


Este fue el punto de partida.


Al año siguiente, el Aula se consolidó con la lectura emotiva a cargo de un  antiguo -que no viejo- profesor universitario y premio Adonáis de Poesía, cuyos poemas hablaban de una ciudad, Granada, poblada de semáforos y calles desiertas.

Ahora sé
que en aquella ciudad deshabitada
la gente andaba triste,
con una soledad definitiva
llena de abrigos largos y paraguas.

La ciudad, en los poemas de Luis García Montero, seguía sumergida en un sueño casi intemporal, pero muchos de nosotros despertamos y, sin pretenderlo, nos dejamos atrapar definitivamente por la poesía. 


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